Por: Andrés Damián / @andyhdamian
El sábado 3 de mayo, por primera vez en la ciudad de Comodoro Rivadavia, se presentará Camionero, un dúo con alma de banda grande, que viene girando con su último trabajo “Todo lo solido se desvanece en el aire”. Entre riffs punzantes, mística y poesía, traen un repertorio que atraviesa lo político, lo existencial y lo visceral.
Hace más de 10 años que Santiago Luis y Joan Manuel Pardo cruzaron sus caminos. Cada uno con sus propios proyectos musicales, pero en 2017 entendieron que el otro no era un complemento, sino la compañía justa para dejar de buscar. No les faltaba nada, ni nadie. Ahí, en esa decisión que parecía simple, pero llevaba años de intuiciones, nació Camionero.
Lo que no se lee en los mapas
Santiago es comodorense, arquitecto de profesión y Joan Manuel profesor de literatura, nacido en Olivos. Viven en zona norte del gran Buenos Aires, pero apenas es una coordenada. El conurbano, con su geografía emocional, aparece mucho más en sus canciones que en los mapas. Sus letras no describen el paisaje, lo sugieren; no lo nombran, lo habitan. Las canciones huelen a escape, a motor vencido y a flores empaquetadas para la ocasión. A cemento fraguando rápido y a la nostalgia tibia de aquel club que hoy llueve por dentro. Los riffs no gritan, llaman; la batería no acelera, respira. Camionero no pide atención, la conquista. Hay una curva lenta que, si te dejas llevar, termina en el centro de algo que quema, porque sus canciones no explican: disparan.

La construcción del golpe, sin batir el parche
Santiago es el que piensa estructuras, espacios, tensiones y balances. La batería no decora, sostiene. Es el quien pega. Fuerte y seco, como si buscara ganarle al viento en su propio juego. Hay algo en su forma de tocar, que custodia una promesa nacida en un galpón de otro tiempo, cuando algunos todavía no se animaban a soñar en voz alta. Dejó atrás el cerro, la comodidad de quedarse, y cruzó a pie su propio plano inclinado. Desde entonces, cada golpe suyo suena a esa antigua promesa: que esto iba a ser en serio. Y cada tanto, todavía hay quien escucha ese eco y se pregunta si aún está a tiempo.

Las palabras entre las cuerdas
Joan Manuel, en cambio, parece escribir con la guitarra lo que ya no le cabe en las palabras. Vive entre libros, y al convivir a diario con las palabras de otros, encuentra en Camionero un lugar para decir las propias. A veces canta como si el idioma no alcanzara, y por eso a veces toca como si fuera lo último que va a hacer. Suena grave sin ser oscuro, como si escondiera un truco en la afinación, un secreto que hace vibrar las notas bajas sin necesidad de bajo, porque no hay bajo, pero hay un fantasma que lo imita. Hay algo en eso del viejo blues, la filosofía del hueco, no llenar ausencias, utilizarlas a favor.

La vida como bitácora. La música como vehículo
Entre influencias musicales y referencias literarias, Camionero se mueve a su manera y construye su propia identidad.
Hay algo del rock de los setentas, de blues, y por momentos pueden sonar stoner, pero también, hay algo folk, de balada rota y mantra confesional. Y es ahí donde uno siente, más que nunca, que se paran en territorio propio, sobre todo al final de sus discos, como si hubiera una necesidad, consiente o no, de que todo decante en calma.
Las letras son un viaje aparte, tantean lo cotidiano desde un lugar inusual, entre lo político y lo existencial, entre lo místico y lo barrial. Hay melancolía desparramada. A veces parecen oraciones laicas, a veces confesiones anónimas hinchadas de agua en una cuneta, como retazos de una intimidad que no esperaba ser leída.
Sus canciones no explican, sugieren. No bajan línea, pero conmueven. Todo parece estar al borde de algo, una revelación, una caída, una redención. Son imágenes y versos que se contradicen, intuiciones que a fuerza de repetirse, encuentran su forma.
Joan escribe como quien prende una vela en medio del apagón, sin certezas, pero con fe en la palabra.
Algunas paradas en el viaje
“Preñado por el diablo” nos cuenta que el germen del mal puede ser sembrado de cualquier manera, en cualquier momento y en cualquier lugar.
“999 calorías” es una marcha que asfixia latiendo a un ritmo contenido entre velocidad y agotamiento, en la cabina de un camión, donde el polvo entra por la ventanilla, o por la nariz.
“Trabajando para el capital” es un post it pegado en una heladera casi vacía, un inventario emocional que no avisa que comprar, sino lo que se esta venciendo adentro. Es una canción, que como la vida, no siempre ofrece respuestas. La canción nunca estalla, pero aprieta, y al final, entre líneas, deja una promesa.
“Piedra blanca sobre piedra negra” deja caer una suplica sin que se note y en “Sobre tu nombre” un juego de resonancias, sugiere una herencia sin nombrarla.
“Confianza en ti solo” gira sobre si misma como un mantra que se contradice, como una plegaria valvular que entra en corto cuando calienta, para luego volver a encender.
En “Despedida” hay algo de “Little Wings” y “Mañana suburbana”, parece escrita con tinta heredada, como susurrada desde la puerta entornada de un bar, o desde la bruma tibia después de la lluvia, por un fantasma que conoce el barrio y lo narro primero.
“El Español” parece escrito con pluma y tinta de una patria cansada. Uno escucha y no sabe si se trata de una parodia, una pesadilla o una radiografía. Tal vez sea una moneda lanzada desde un balcón en llamas, con una bandera hecha jirones. Una moneda que gira y gira, y nunca termina de llegar abajo, y “Guerrero atípico”, perteneciente a su ultimo disco, se siente como una plegaria sin iglesia, una canción entre lo sagrado y lo prohibido, entre la culpa y la devoción, donde lo bíblico se vuelve humano. Porque si para Marx, “Todo lo solido se desvanece en el aire” es parte de un manifiesto, para Camionero es mucho más, sus canciones no buscan verdades, pero revelan grietas y en eso si hay política. Existencial, si se quiere.
Todos llegan con algo que arde adentro, el fuego solo toma forma de canción
Camionero no es un formato: es un pequeño mundo. En vivo no se oye solo música, se respira algo más, una atmosfera, un código compartido. Camionero es como entrar en una historia a medio contar, donde el público completa lo que falta, porque que más que público, es gente que forma parte. Hay quienes están desde siempre, una fila de rostros que conocen las canciones, que se abrazan en los coros, que no aplauden desde afuera, sino desde adentro, pero hay otros que se suman cada noche, como si el fuego de siempre empezara a verse desde más lejos.

P.D: Agendar lejos del scroll, más cerca del pecho
El sábado 3 de mayo, Camionero se presenta en el Sótano con una carga invisible de letras filosas, ritmos de combustión lenta y canciones que, como la ruta, se construyen mientras se transita. En tiempos de canciones vacías, de formulas que repiten en loop lo que no sentimos y donde la mayoría parece buscar correrse de nuestro mapa, lo de Camionero es casi un acto de amor. No buscan likes, no intentan encajar, solo quieren ser como nadie más.
Por eso, ir a verlos, es una forma de recordar que todavía se puede, y que hay momentos, en los que lo único que puede salvarnos, es escuchar la voz de otro y un bombo golpeando como un corazón.
Camioneros en Comodoro
Sábado 3 de mayo/ 21 hs.
En: El Sótano – San Martin 239 – Comodoro Rivadavia
Entradas: https://linktr.ee/camionerorocanrol / en Locuras (San Martin 462)

